Iván Pavlov (1849-1936),
fisiólogo ruso, llegó a la psicología como por casualidad. La
mayor parte de sus trabajos de investigación realizados en el
Instituto de Medicina Experimental, del cual era Director, se
orientaban a estudiar los procesos digestivos. Precisamente por esas
investigaciones, recibió en 1904 el Premio Nobel de Medicina. Sin
embargo, en el curso de los trabajos que lo llevaron a tan alta
distinción, se produjo lo que podríamos catalogar como una
“observación heurística”2 cuando, tratando de determinar las
secreciones de jugos gástricos en perros a los que se les presentaba
una porción de carne, observó que los pasos del empleado del
laboratorio que portaba la carne que iba a ser utilizada en el
experimento eran suficientes para provocar en los animales una
secreción gástrica así como salivación. Pavlov denominó este
fenómeno “secreción psíquica” y, a partir de 1900, emprendió
su estudio sistemático. Durante 3 años examinó la secreción
salival en los perros, hasta llegar a presentar en 1903 sus
descubrimientos frente al Congreso Médico reunido en Madrid. Incluso
durante sus investigaciones, Pavlov debió enfrentar la corriente
introspeccionista tan fuertemente establecida a partir de Wundt: su
ayudante más directo, Snarski, intentó entregar explicaciones
“subjetivas” del fenómeno, llegando incluso a hablar de “deseos”
y “sentimientos” del perro de laboratorio. Pavlov separó sendas
con su ayudante y se mantuvo en el terreno estrictamente fisiológico;
ello le llevó a plantear la noción de “reflejo condicionado”,
que se encuentra en la base de la teoría del conosimiento
Clásico.
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